Blunda Benoit Writing
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Horror existencial

El Pozo

Un niño sin nombre nace entre viñedos y comienza a cavar. La tierra y la repetición marcan una existencia sin explicación.

Nació sin nombre, sin anuncio, sin la menor señal de que su llegada hubiese sido advertida por algo más que la tierra misma. No hubo llanto que perdurara, ni eco que lo reclamara. El viñedo se extendía inmóvil, exhausto, con sus vides torcidas elevándose en una quietud rígida, como si el mismo tiempo hubiese pasado a su alrededor sin tocarlas. La tierra, abierta en grietas finas, parecía haber olvidado el gesto de nutrir, y el cielo, pálido, sostenía una luz enferma que no terminaba de asentarse sobre las cosas. Allí, en ese silencio sin testigos, el niño abrió los ojos.

No hubo reconocimiento en ese gesto, solo una exposición repentina. La luz no lo acogió; se impuso. Sus párpados cedieron con dificultad, como si no estuvieran hechos aún para soportar lo que entraba en ellos. Parpadear no le otorgó alivio. La visión fue, desde el inicio, una carga sin explicación. Y sin embargo, no apartó la mirada, pues no había nada de lo cual apartarla.

Movió las manos. No como un acto deliberado, sino como una respuesta que no parecía surgir de él, una respuesta que parecía penetrarlo. Sus dedos descendieron atraídos hasta la tierra buscando algún apoyo y, al tocarla, algo se fijó. La superficie cedió apenas, lo suficiente para permitir que la tierra se infiltrara bajo sus apenas cedió, se adhiriera a la piel, ocupando cada pliegue con una persistencia que no lo abandonaba al retirarlas. Volvió a hundirlas, con más fuerza esta vez, y en la repetición se estableció un orden silencioso, una continuidad que no se interrumpía sin que algo, impreciso pero insistente, pareciera desajustarse en su interior. Cavó.

El tiempo no se presentaba como medida, pero sí como desgaste. Sus manos dejaron de ser blandas; los dedos adquirieron una torpeza firme, una forma nueva, como si el acto mismo los estuviera moldeando. La tierra, más abajo, ofrecía una resistencia distinta, más compacta, y al penetrarla surgía una sensación difícil de ubicar, algo que no provenía del exterior, sino que se abría paso desde dentro. Se detuvo una vez. Apenas un instante. El viento cruzó las vides con un murmullo tenue, sin dirección clara, y en ese intervalo se insinuó una ausencia que no llegó a nombrarse. No permaneció el tiempo suficiente para tomar forma. Sus manos, tensas en la pausa, regresaron al movimiento sin que mediara decisión. Continuaron.

La luz comenzó a retirarse con lentitud, sin ruptura. No hubo un momento en que dejara de estar; simplemente se volvió menos. Sus ojos se adaptaron mal a esa pérdida, resecos, irritados, incapaces de retener lo poco que quedaba. Parpadear se volvió un gesto cada vez más pesado. Las manos, en cambio, no mostraban esa dificultad. Persistían. Las uñas se oscurecieron, luego se abrieron en los bordes, primero de manera casi imperceptible, después con una separación más definida. No dejaron de cavar. Cuando comenzaron a quebrarse, el movimiento no se interrumpió. La tierra, al mezclarse con la sangre, adquirió una consistencia más densa, se adhería con mayor firmeza, ocupaba los espacios expuestos sin resistencia. El ardor no retrocedía; permanecía. Y el hedor de esa mezcla lejos de asquearle y alarmarle, parecía incitarlo.

Descendió más.

Su cuerpo se ajustó a la forma del pozo sin resistencia visible. La espalda se encorvó, los hombros se cerraron, las costillas comenzaron a marcarse bajo la piel tensada por la falta. No comía. La boca, seca, perdió lentamente sus dientes; se aflojaban, caían sin que el gesto de cavar se alterara. La lengua recorría huecos que no parecían tener función. La respiración se volvió irregular, como si el aire no alcanzara del todo a llegar hasta donde él se encontraba. A veces se detenía un instante más largo, apenas lo suficiente para notar esa dificultad, y luego las manos continuaban, como si no admitieran demora.

El pensamiento no llegó de una vez. Se insinuó en repeticiones, en pequeñas detenciones que no prosperaban. Algo semejante a una dirección persistía, pero sin forma clara. No había certeza, solo continuidad. Y, sin embargo, en ciertos momentos, cuando la tierra cedía con mayor facilidad o cuando el aire parecía más escaso, surgía una sensación distinta, breve, difícil de sostener, que no lograba convertirse en idea. No permanecía. Se disolvía antes de afirmarse.

Las uñas, ya separadas en gran parte de los dedos, colgaban apenas sostenidas. Algunas desaparecieron sin que él registrara el momento exacto. La piel se abría en zonas irregulares; la tierra ocupaba esos espacios con una naturalidad que no encontraba oposición. La sangre no fluía con rapidez; se mezclaba, se volvía parte de lo que lo rodeaba. El dolor no aumentaba ni disminuía. Persistía.

El espacio se volvió más estrecho, o su cuerpo más dispuesto a ocuparlo. La diferencia dejó de ser clara. Cada movimiento requería un ajuste mínimo, una inclinación distinta, pero no lo suficiente para modificar la continuidad del acto. Sus manos descendían, ascendían, repetían. A veces se detenían un instante más largo, suspendidas, como si algo fuera a interrumpirse definitivamente. No ocurría. Hasta que ocurrió.

El movimiento no se detuvo de golpe. Se debilitó. La fuerza disminuyó sin anunciarlo. Sus manos descendieron una vez más, con menos precisión, y al intentar retirarse no completaron el gesto. Permanecieron apoyadas en la tierra. El cuerpo, inclinado hacia adelante, perdió la tensión que lo sostenía. No hubo intento de corregir la postura. El mentón descendió primero, encontró el fondo con un golpe seco que no se expandió en eco. La cabeza se desplazó hacia atrás en un ángulo breve, suficiente. El cuello cedió sin resistencia visible. El resto del cuerpo siguió ese movimiento con una lentitud que no encontró oposición.

Quedó inmóvil.

De la boca entreabierta, vacía, escapó un sonido mínimo, apenas una exhalación que no llegó a formarse del todo. No hubo otro.

Durante un tiempo —indefinido— nada cambió. Luego, la tierra comenzó a descender. Al principio en pequeñas caídas aisladas, desprendimientos leves que apenas alteraban la superficie. Después, con mayor continuidad. Los granos se deslizaban hacia el interior del pozo sin prisa, ocupando los espacios, cubriendo aquello que permanecía expuesto. No había brusquedad en ese proceso. La acumulación fue suficiente.

Con el paso del tiempo, la superficie se niveló. El pozo dejó de distinguirse del resto del terreno. Las vides, inmóviles durante largas estaciones, continuaron dejando pasar el viento entre sus ramas secas, y ese movimiento constante terminó por borrar cualquier rastro. Allí donde hubo una abertura, quedó la misma extensión agrietada.

Más abajo, donde la tierra se había asentado con mayor densidad, algo comenzó a modificarse sin apuro. Las raíces, al extenderse, encontraron resistencia, luego continuidad. Se insinuaron entre capas distintas, avanzaron. No hubo señal visible en la superficie al principio. Después, apenas, una variación leve en el crecimiento.

Y así, en ese suelo que no ofrecía explicación ni la necesitaba, lo que había descendido permaneció integrado, sin distinción, mientras arriba el viento continuaba su recorrido entre las vides, como si nunca hubiese habido interrupción alguna.

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