Blunda Benoit Writing
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Ficción psicológica · Identidad · Terror corporal

La misión en el sobre

Una instrucción sin firma entrega a un narrador otra identidad y una misión: acercarse a Evangelina hasta borrar toda distancia.

La misión me fue entregada en una hoja amarillenta, plegada con una precisión cuya insistencia no remitía al cuidado sino a la persistencia de un gesto reiterado a lo largo del tiempo, como si aquel doblez —exacto, invariable, casi ritual— hubiese atravesado manos sucesivas sin alterarse, aguardando intacto la irrupción de la mía, y en esa misma conservación, en esa negativa a modificarse, se insinuara ya una voluntad ajena, una forma de permanencia que no dependía de quien la ejecutara sino de aquello que la exigía, como si su transmisión no fuese un acto sino una continuidad, una repetición que no comenzaba ni terminaba, que simplemente insistía.

No había firma, ni sello, ni marca alguna que permitiera reconstruir su procedencia; únicamente una instrucción, despojada hasta el límite de toda inflexión humana, cuya frialdad no residía en su brevedad sino en la absoluta ausencia de origen: infiltrarme, observar, y disolverme —no de una vez, no abruptamente, sino con una disciplina sostenida, reiterada, casi devocional— en la proximidad de otra existencia, hasta el punto en que toda diferencia dejara de ser distinguible, hasta el punto en que distinguir dejara de tener sentido.

Se me confirió un nombre que no era el mío.

Adrián.

Y con él, una genealogía minuciosamente articulada, una secuencia de recuerdos cuya eficacia no dependía de su veracidad sino de la insistencia con la que debían ser habitados, como si la repetición bastara para instaurar, en el lugar de lo vivido, una forma de inicio, una ficción suficientemente persistente como para reemplazar aquello que, de haber existido, ya no resultaba recuperable, o peor aún, ya no resultaba necesario. El objetivo era Evangelina.

No su eliminación, ni su captura, ni su exposición, sino algo más impreciso, más dilatado, más inquietante en su formulación: una aproximación sostenida, insistente, casi circular, hasta el punto en que toda distancia —física, psicológica, identitaria— se volviera no solo mínima, sino innecesaria, superflua, como si el acercamiento no tuviera como fin la obtención de algo, sino la cancelación de toda diferencia, de toda separación, de toda idea de dos.

Evangelina no se inscribía del todo en el espacio que ocupaba, o más precisamente, parecía hacerlo con un leve desfase, como si su presencia obedeciera a una lógica apenas desplazada respecto de aquello que la rodeaba, y esa mínima disonancia — imperceptible al inicio, casi negable— adquiría, con la observación sostenida, una densidad creciente, insistente, difícil de ignorar, como si en ella se concentrara no una anomalía, sino una forma anterior de orden, algo que no encajaba porque no pertenecía al mismo momento.

Su piel, de una palidez sin matices, no reflejaba la luz sino que la contenía, la detenía, la absorbía sin devolverla; su cabello oscuro descendía con una pesadez que no acompañaba el movimiento sino que lo retardaba, como si cada gesto atravesara una capa previa antes de manifestarse, como si todo en ella ocurriera con una demora que no era torpeza, sino resistencia.

Y sin embargo, no era en esos rasgos donde residía lo perturbador, sino en su manera de mirar, en esa fijación que no podía reducirse a la atención ni a la curiosidad, porque en ella parecía operar un cálculo silencioso, una lectura que no se agotaba en lo visible, sino que insistía —una y otra vez, una y otra vez— en aquello que precede, en aquello que subyace, como si no observara lo que soy, sino aquello que, en algún punto, debí haber sido, o aquello que nunca llegué a ser. Sostener esa mirada no resultaba difícil por su intensidad.

Sino por su persistencia.

Porque no cedía.

Porque no se retiraba.

Porque volvía.

La aproximación se desarrolló con la gradualidad esperable, aunque esa misma previsibilidad parecía formar parte de una estructura anterior, de un diseño que no se desplegaba hacia adelante sino que se repetía, como si los pasos que dábamos — coincidir, hablar, permanecer— no fuesen decisiones sino reiteraciones, como si no estuviésemos avanzando, sino recordando algo que nunca habíamos vivido.

Le hablé de una infancia que no existía, de afectos diseñados con precisión, de pérdidas cuya intensidad había sido medida antes de ser pronunciada, y sin embargo, en el acto mismo de narrarlos, algo en esa ficción comenzaba a adquirir una consistencia inesperada, como si la repetición —no el contenido, no la verdad, sino la insistencia— bastara para volverla real, o al menos indistinguible de lo real.

Ella escuchaba.

Siempre escuchaba. Pero en esa escucha no había sorpresa.

No había descubrimiento.

Había reconocimiento.

Un reconocimiento sin origen.

Con el tiempo, la cercanía dejó de ser una estrategia para convertirse en una condición, y sin embargo, incluso en los momentos de mayor proximidad —cuando el contacto parecía suficiente, cuando la respiración parecía compartida, cuando la ilusión de sincronía parecía alcanzarse— persistía una disonancia mínima, una vibración que no desaparecía, que no cedía, que insistía, como si aquello que nos acercaba fuese, al mismo tiempo, lo que nos separaba.

Fue entonces cuando la observación dejó de ser un medio y se volvió una necesidad.

Comencé a registrar, a insistir, a repetir: sus gestos, sus variaciones, sus interrupciones, sus desvíos, como si en esa repetición hubiese una clave, una clave que no terminaba de aparecer, pero que no dejaba de insinuarse; y sin embargo, esa misma atención comenzó a volverse sobre mí, a replicarse, a devolverse, y en ciertos momentos —breves, pero inevitables— la sensación de ser observado, no como sujeto sino como material, como algo que debía ser leído, reconstruido, desmontado, adquiría una consistencia que ya no podía ignorarse.

No era vigilancia. Era reflejo.

La noche en que encontré el documento no fue distinta, y sin embargo lo fue, como si toda diferencia hubiese estado esperando ese punto para manifestarse; la lluvia insistía, repetía, golpeaba con una regularidad que disolvía el tiempo, y fue en ese contexto — casi sin decisión— que advertí el pliego, el doblez, la forma.

La misma forma.

La misma repetición.

El reconocimiento fue inmediato.

Y la comprensión, inevitable.

No por lo que decía.

Sino porque existía.

A partir de ese momento, nada cambió.

Y nada volvió a ser lo mismo.

Persistimos. Porque no había alternativa.

Porque detenerse habría sido admitir que no había nada hacia lo cual avanzar.

La última noche no comenzó.

Se repitió.

Nos acercamos.

Como si ya lo hubiésemos hecho.

Como si siempre lo hubiésemos hecho.

El contacto tuvo lugar.

Y en él no hubo unión, sino superposición imperfecta, un encaje que no encajaba, una coincidencia que no coincidía.

El beso no resolvió.

Confirmó.

Y entonces— la necesidad.

La necesidad de atravesar.

De abrir.

De insistir.

Mis manos descendieron, y aquello que había sido contacto —superficie, límite, forma— se transformó en presión, en apertura, en insistencia, como si la piel no fuese más que una capa provisional cuya única función hubiese sido retrasar lo inevitable, y cuando finalmente cedió —irregular, fragmentaria, insuficiente— lo que apareció no fue un interior, sino otra continuidad, otra superficie, otra repetición, y esa repetición, lejos de detenernos, nos empujó más.

Más.

Más.

Mis dedos se hundieron, tiraron, arrancaron, separaron, y la piel comenzó a desprenderse en retazos desiguales, en fragmentos que se resistían apenas antes de ceder, y fue entonces cuando el primer alarido surgió.

No como rechazo.

Sino como afirmación. Evangelina gritó.

Gritó y sonrió.

Gritó y sonrió.

Y en esa simultaneidad —en esa imposibilidad— algo se volvió irreversiblemente real.

Sus manos hicieron lo mismo.

Repitieron.

Insistieron.

Arrancaron.

La sangre apareció tarde, espesa, oscura, cubriéndolo todo, pero ya no como límite, sino como continuidad, como parte del proceso, como otra forma de repetición.

Gritábamos.

Los dos.

No para detenernos. Para seguir.

Cada desgarro no alejaba.

Acercaba.

Cada fragmento no destruía.

Revelaba.

O prometía revelar.

Pero no—

No había nada.

No había nada.

No había nada.

Solo más superficie.

Más materia. Más repetición.

Y sin embargo seguíamos.

Sonriendo.

Gritando.

Arrancando.

Como si en esa insistencia —en esa destrucción repetida— hubiese, por fin, algo que no fuera falso.

Algo que no fuera superficie.

Algo que no fuera repetición.

Pero no.

Cuando finalmente cesamos, no fue por decisión.

Fue porque ya no quedaba nada que repetir. Y en ese punto, en ese instante en que toda diferencia había sido abolida, comprendí que aquello que habíamos buscado —ese origen, ese inicio, ese primer gesto— no había existido nunca.

No había comienzo.

Y por eso—

tampoco había final.

Si alguien revisa los registros, encontrará una interrupción.

Nada más.

Y sin embargo,

en el límite mismo de esa insistencia agotada,

persistía una certeza:

que aquello que alguna vez pudo haber sido llamado humanidad

no había sido nunca más que una repetición

sin origen sosteniéndose

hasta desgarrarse

a sí misma.

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