Blunda Benoit Writing
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Prosa poética · Reconocimiento

Las cosas que merecen ser vistas

Una voz busca ser vista por quien encuentra belleza en todas partes. La espera transforma el deseo de reconocimiento.

¿Qué habrá de suceder para que alces los ojos? ¿Qué prodigio, qué ruina, qué trastorno en la serena arquitectura de tus días? Hay estrellas en los míos. Las hay. Las hubo mientras me hablabas de otras luces, de otras gracias, de aquel don que en cualquier criatura descubrías; las hubo mientras yo, sin respirar apenas, aguardaba el regreso de tu mirada, como se aguarda al pie de una ventana una nave que tarda, que tarda, que tarda. Tú sabes observar. He ahí lo que no cesa, lo que roe sin ruido, lo que vuelve. Sabes hallar belleza en la corola ennegrecida por su propia podredumbre, en el nácar de un ojo que la muerte dejó abierto, en la lenta labor de las larvas bajo la piel vencida de un fruto. Te inclinas. Te demoras. Aun allí descubres una delicadeza; aun allí, donde otro apartaría el rostro, retienes una forma, una gracia, un fulgor. Nada tan envilecido que no merezca tu atención; nada tan deshecho que no recojas de ello una hermosura. Después me miras. Después preguntas algo. Después prosigue el día. Y las estrellas persisten en mis ojos. Las han notado los otros. Un desconocido volvió el rostro; alguien quiso retratarme; alguien, desde una tierra cuyo invierno no conozco, escribió sobre mí, sobre aquello que mis manos habían hecho. Guardé sus palabras. Las dispuse ante tu silencio, una junto a otra, con el cuidado inútil de quien adorna un altar deshabitado. No bastaron. Traje más. Tampoco bastaron. Entonces quise recordar sus rostros. Uno por uno, quise recordarlos: dónde estaban, qué dijeron, cómo movieron los labios al decirlo. Los interrogué en la memoria hasta que sus facciones comenzaron a ceder. ¿Había sido aquella su voz? ¿Había pronunciado, exactamente, aquellas palabras? Cuanto más necesitaba recobrarlas, menos intactas regresaban. Dime. Tú, que sabes distinguir una luz aun entre los despojos, dime si hubo alguien. Si aquel desconocido se detuvo; si aquella mano quiso retratarme; si las palabras que guardo fueron escritas por otra mano que la mía. He vuelto a leerlas. He comprobado las firmas, las fechas, la inclinación de cada letra. A veces las recuerdo distintas y me aterro; regreso al papel, y allí permanecen. Allí permanecen, ¿comprendes? No las añadí durante la noche. No sé cómo demostrarte que no las añadí. Ni siquiera me has acusado. Perdona. Tú callas, y yo preparo mi defensa; tú preguntas por el día, y yo comparezco con mis pruebas. Debe de ser fatigoso. A veces imagino cuánto debe de fatigarte esta manera mía de acercarte cualquier cosa y aguardar, de no retirarme del todo, de permanecer junto a la puerta después de haberme despedido. Pero hubo alguien. Tiene que haber habido alguien. Porque, si los inventé, dime hasta dónde llega lo inventado. ¿También aquella carta? ¿También la tarde en que la abrí, la claridad sobre la mesa, mi prisa por llevártela? Recuerdo que pensé: ahora. Qué vergüenza me da recordar con cuánta certidumbre lo pensé. Ahora ha de advertirlo. Ahora no tendré que explicarme. Y mientras tú leías, yo te miraba leer; seguía el movimiento de tus ojos, procurando adivinar en qué palabra ibas a detenerte. Llegaste hasta el final. Devolviste el papel. He conservado incluso el pliegue que dejaron tus dedos. No debí traértelo. Eso me dije después: no debí poner ante ti mi hambre tan desnuda. Quizá había en mi rostro una exigencia que malograba cuanto ofrecía. Quizá debí dejar la carta entre otras cosas, permitir que la encontraras, que tu orgullo naciera sin sentirse convocado. Desde entonces aprendí a disponer mis obras como por descuido. Las dejaba abiertas. Me alejaba. Regresaba por algo que no necesitaba. Nada se había movido. Dime si estoy perdiendo el juicio. Si esta necesidad de que me aprecies ha aprendido a hablar con voces ajenas, a escribirme desde lejos, a poblar de testigos una estancia donde nunca te detienes. Dime si les he prestado una boca, un rostro, una memoria. Puedo soportar que me lo digas. No. No sé si puedo. Pero dímelo. El papel se humedecía entre mis manos. Procuraba no rozar la tinta; todavía necesitaba leerla, todavía necesitaba que alguien hubiese escrito aquello. Las lágrimas volvían inciertas las letras, y me inclinaba más, y cuanto más me inclinaba menos podía distinguir. Dejé la hoja sobre la mesa. Alisé sus bordes con un cuidado absurdo. No debía estropearse. Era una prueba. Era lo que quedaba de aquella tarde en que, durante unos minutos, había creído estar a punto de alcanzarte. A veces he deseado que nadie hubiese advertido nada. Me avergüenza decirlo. He recibido palabras generosas y, antes de agradecerlas, he sentido la crueldad de que no fueran tuyas. Alguien celebraba lo que yo había hecho; yo sonreía y buscaba la manera de contártelo. Ya estaba abandonando aquella voz que me ofrecía su atención. Ya estaba de regreso ante ti. Después me aborrecía por ello. Ellos no me debían nada. Se habían detenido. Habían leído, habían contemplado, habían encontrado algo digno de permanecer. ¿Por qué no podía descansar allí? ¿Por qué volvía a tu silencio como si en él se custodiara una sentencia que todos los demás desconocían? Tal vez porque tú me conoces desde antes. Desde antes de que supiera hacer ninguna de las cosas que ahora llevo ante ti. Y temo que recuerdes algo que los otros no alcanzan a distinguir; una insuficiencia antigua, una pobreza que el trabajo apenas disimula. Cuando me elogian, pienso que aún no lo saben. Cuando callas, pienso que tú sí. Dime qué has observado. No me dejes escudriñarme a solas. Volvía entonces al espejo. Acercaba el rostro. Buscaba, bajo el iris, la impostura. Me observaba hasta volverme extraño; hasta que aquellos ojos parecían pertenecer a alguien de quien yo también desconfiaba. Pero las estrellas persistían. Tras el llanto, contra el párpado exhausto, persistían todavía. Acaso una luz más. Acaso un poco más de altura. Una obra que no pudieras dejar sobre la mesa, un nombre que llegara hasta tu oído antes que yo; alguna perfección terrible, alguna hermosura sin fisura por donde tu mirada pudiera deslizarse y abandonarme. Aprendí a velar. Aprendí a pulir hasta el cansancio cuanto hacía. Suprimía una palabra, la restituía; corregía una forma que al amanecer volvía a parecerme indigna. Conocía el ruido de la casa cuando todos dormían. Conocía la primera claridad y el rencor con que se recibe cuando aún no se ha terminado. Llegaba a ti con el fulgor dispuesto y el temblor oculto. No quería parecer ansioso. Procuraba hablar de otra cosa. Había ensayado el momento de mostrarte mi trabajo con tal minucia que, cuando al fin llegaba, apenas podía sostenerlo entre las manos. Tú alababas una cosa lejana. Yo asentía. Hasta preguntaba por ella, hasta te ayudaba a prolongar aquel entusiasmo del que estaba ausente. Luego regresaba a comenzar. Una vez más, me decía. Una vez más, y ha de advertirlas. Y, antes de que concluyera el día, ya te había perdonado algo que nunca me atreví a reprocharte. Así envejecía la esperanza sin perder su obediencia. Cada mañana volvía a vestirse, a erguirse, a ofrecerte cuanto la noche anterior había jurado no ofrecerte nunca más. Bastaba que volvieras la cabeza. Bastaba aquella ínfima promesa de atención para que todo lo abatido se alzara, para que yo confundiera, otra vez, tu proximidad con mi llegada. A veces imaginaba mi muerte. Me sorprendía disponiendo tu dolor con una minuciosidad que después me avergonzaba: dónde habrías de detenerte, qué página hallarías, cuánto tardaría mi nombre en quebrarse entre tus labios. Deshacía la escena. La rehacía. Siempre faltaba algo. Siempre procuraba demorar en ella el instante de tu orgullo, como si pudiese quedarme a recibirlo. Pero cuando la muerte vino, no se atuvo a mis ensayos. Hubo una respiración y, después, ninguna. Mis manos quedaron inmóviles; cuanto aún debían hacer permaneció disperso sobre la mesa. No alcancé a ordenar los papeles. No alcancé a volver el rostro hacia la puerta. Morí sin saber si habías advertido las estrellas. Conmigo desfallecieron. Una a una cedieron en mis ojos; se extinguió su temblor bajo los párpados, y el rostro que tantas veces había levantado hacia el tuyo quedó sin súplica. Alguien se inclinó para cerrarme los ojos. Nadie vio partir las luces. Aquella noche aparecieron en el cielo. Tú llegaste después. Había flores. Había una quietud que otros se afanaban en llamar descanso. Pronunciaste mi nombre, y nada se volvió hacia ti. Lo pronunciaste de nuevo, más bajo, como si aún pudieras evitar despertarme. Sobre la mesa reconociste mis papeles. Tocaste uno; debajo había otro, y otro, y otro. Cuánto había dejado allí. Cuánto había acercado a tus manos. Luego saliste. La noche era clara. Tan clara que te detuviste en el umbral. Y alzaste los ojos. Allí. Al principio fue apenas una vacilación: la familiaridad de un fulgor cuyo origen no acertabas a recordar. Después acercaste una mano al rostro, como si algo en aquella altura te obligara a proteger los ojos. Las habías reconocido. Eran las mismas. Las que alumbraron mis vigilias, las que otros advirtieron en cuanto hice, las que tantas veces levanté hacia ti. Ninguna había adquirido en el cielo una hermosura que le faltara en mi mirada. Ninguna. Y, sin embargo, cuánto tiempo permaneciste contemplándolas. Había alguien a tu lado. Desde aquella altura no distinguía su rostro; apenas una sombra que aguardaba contigo, que siguió la dirección de tu mano cuando comenzaste a señalar. Le hablaste de mí. No escuché mi nombre al principio. Reconocí tu voz demorándose en mis cosas: aquella página, aquella otra; las noches en que una franja de luz permanecía bajo mi puerta; el modo en que dejaba enfriarse la casa sin advertir que había llegado el invierno. Recordabas una frase. La repetiste. Buscaste otra, y al no encontrarla cerraste los ojos, con una aflicción pequeña y minuciosa, como si perder aquellas palabras fuese perderme nuevamente. Yo no sabía que las recordabas. La sombra a tu lado se volvió hacia ti. Tú continuaste. Había tanto que contar, ahora. Tantas cosas que habías observado sin decírmelo, tantas que empezabas a comprender al decirlas. Alzabas la mano hacia una estrella y después hacia otra, como quien muestra las habitaciones de una casa donde alguna vez fue feliz y ya no puede entrar. Y yo te escuchaba. Aún quedaba en mí aquello que escuchaba. Había cesado el cuerpo; habían cesado su fatiga, sus vigilias, la vergüenza de acercarte una obra y aguardar. Pero aquella espera había sobrevivido. Desasida de mis manos, sin boca ya que pudiera desmentirla, seguía inclinándose hacia ti. Ni la tierra sobre mis párpados había logrado cerrarla. Entonces te oí decir que aquella luz había vivido bajo tu techo. Lo dijiste con orgullo. Te detuviste. Miraste hacia la ventana oscura, y al volver los ojos al cielo tenías en el rostro la expresión de quien acaba de comprender una pregunta muchos años después de haberla oído. Tu mano permaneció alzada un instante; luego descendió, lentamente, sin haber alcanzado nada. La primera lágrima cayó mientras todavía intentabas hablar. La vi nacer. La vi retener en su temblor una de mis estrellas. Descendió por tu mejilla, se demoró junto a tu boca; quisiste proseguir la historia y los labios te temblaron bajo su sal. No aparté de ella lo que aún tenía de mirada. Allí iba tu orgullo. Allí iba, al fin, atravesado por cuanto ya no podías decirme a tiempo. Y yo, que había dispuesto tantas veces esa lágrima, que la había llamado en secreto desde el fondo de mis días, descubrí cuánto dolía contemplarla sin poder acercarme a enjugarla. La sombra a tu lado guardó silencio. Tú volviste a señalar. Quedaban historias. Quedaba toda una vida que contar bajo aquellas luces, y empezaste por el principio, por unas manos pequeñas, por la primera vez que… No pude seguir escuchando. Con la lágrima descendía también mi espera. Sentí ceder su antigua obstinación, deshacerse el nudo que había llevado intacto más allá de la muerte. Aquello que en mí aún se erguía cuando pronunciabas mi nombre dejó de hacerlo. Aquello que pedía una vez más, una vez más, abrió por fin sus manos vacías. Tu lágrima alcanzó la tierra. Y en ella murió lo último de mí que todavía te aguardaba. Tú seguías hablando. Ante aquella presencia sin rostro, bajo las estrellas que habían sido mis ojos, seguías contando quién había sido yo.

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