Blunda Benoit Writing
ES/EN
Prosa poética · Duelo

Las últimas palabras de un miserable condenado

Una voz condenada se aferra al recuerdo de un amor perdido, entre imágenes sagradas, ausencia y una promesa de permanencia.

Te extraño, y en ese extrañarte persisto, y en ese persistir me disuelvo, y en esa disolución me nombro, aunque nombrarte —lo sé— no me absuelve, sino que me envuelve, me devuelve, me resuelve en lo que no resuelve, en lo que no cesa y no reza y no empieza. Dos años han sido dichos, o dos edades malditas, o dos eternidades escritas en ceniza bendita, desde que un juicio sin sala ni habla ni tabla, un juicio sin Dios visible ni ley audible ni voz accesible, dictó sin decir, decidió sin latir, que tú ascendieras —luz entera, forma sincera— y que yo permaneciera —sombra primera, herencia fiera— en lo que me nombra: el hijo, el residuo, el príncipe oscuro del antiguo Lucifer, seguro en su trono e inseguro en su ser, seguro en caer y en no comprender. Y, sin embargo, no fue el decreto lo que me reveló, sino el contacto, el pacto, el exacto impacto de aquello que no debía ser tacto. Porque tu mano —tu mano— al rozar mi piel no reposó, no posó, no selló, sino que cedió, y en ese ceder emitió un sonido, un sonido prohibido, un sonido torcido, un leve chirrido contenido, como si lo puro, al tocar lo impuro, recordara un muro anterior al futuro, como si tu carne negara, al tocarme, la ley que la ampara. Lo oí. Lo oí. Lo oí. Y en ese oír fui herido, fui instruido, fui abolido. ¿Lo sabías? ¿Lo sabías cuando me querías? ¿Lo sabías cuando tu mano temblaba y aun así descendía? ¿Fui intento, fui evento, fui instrumento de un designio violento? ¿Fui la prueba dispuesta, la grieta manifiesta, la pregunta sin respuesta? ¿Fue el universo —cruel verso, reverso adverso— quien te ofreció mi abismo como espejismo, para luego, en un mismo cinismo, reír de mi bautismo en el sufrimiento mismo? Los arcángeles me hablan —hablan, no callan, no fallan— y en su lengua de plata relatan, delatan, constatan, que tú eres intacta, exacta, perfecta en tu recta, que nunca fuiste mía sino mía fue la idea que me condena. Y abajo —más abajo— otros celebran, reverberan, consideran mi pena ajena, y se inclinan, no ante mi reino, sino ante mi ruina, pues qué es un príncipe sin aquello que lo define sino un signo que declina. Me llaman rey, me llaman ley, me llaman lo que no soy ni seré. Porque comienzo a perderte. Te recuerdo y te pierdo. Te recuerdo y te pierdo. Te recuerdo y te pierdo. Primero un gesto, luego un resto, luego el contexto, luego el texto, y en ese lento deshacerme de ti comprendo —y esto me enciende— que olvidar tu forma deforma mi norma, que si tú no permaneces mi ser se disuelve y no vuelve. ¿Estoy vivo? ¿Estoy muerto? ¿O soy apenas el eco incierto de algo que creyó haber sido cierto? Y entonces —entonces— como un dictamen que no consuela sino que modela, los ángeles me revelan, me desvelan, me cancelan y me anclan a una sola certeza que no cesa: Que lo llevas. Que lo llevas. Que lo llevas. No importa por qué. No importa para qué. No importa si recuerdas o si olvidas lo que fue. El anillo. Ese círculo sencillo donde fui, donde aún brillo, donde no me aniquilo. Ese signo divino y clandestino donde el tiempo no ha inscrito su destino. Y mientras lo lleves, y mientras lo lleves, y mientras lo lleves, aunque no me nombres, aunque no me asombres, aunque no me reconozcas entre las sombras, yo sabré —y en saber arderé— que alguna vez existí, y que junto a tu memoria moriré.

Volver a la biblioteca