Blunda Benoit Writing
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Poesía · Dominio y resistencia

Tratado sobre la Asfixia

Una voz se alza contra un amor convertido en dominio. El lenguaje del rito se transforma en una declaración de resistencia.

No imploro.
Me prosterno por un automatismo sepulcral,
como si la osamenta —instruida en ritos abolidos—
persistiese en declinarse
ante un numen ya extinto.

Es la hora quinta
y el silencio, lejos de yerto,
supura—
una respiración subrepticia,
un vaho orgánico adherido a los muros,
sudor espectral.

Algo no visto, no invocado
se inclina tras de mí.
Su vigilia me cerca
como una plegaria invertida.

Ciega,
no por carencia de luz
sino por exceso de fe impuesta,
reitero en murmullos las fórmulas que exiges,

mientras tú,
oficiante de un culto degenerado,
consagras —con dulzura corrupta—
esta lenta antropofagia del alma
bajo el nombre sacrílego de amor.

Aseguras mi resguardo
y, sin embargo,
tus manos —litúrgicas, violentas—
proclaman lo indecible.

Articula.
Desgarra el velo de tu reticencia.

¿qué entidad soy
en tu arquitectura de dominio?

¿Materia dúctil,
dócil a la torsión de tu capricho,
o axioma ominoso
que tu conciencia rehúsa integrar
sin fracturarse?

Me mantienes en penumbra,
como si yo hubiese solicitado
esta abyección.

Pero bajo tu voz,
en sus intersticios,
palpita otro alarido—
más abisal que el mío.

No selles mi boca.
Aun en la asfixia ritual de tus manos
erigiré mi clamor,
aunque deba astillar mis dientes
contra la férula de tu poder.

No eres deidad.
Ni siquiera humano.

Nombras amor
al garrote invisible que ciñe mi aliento,
como si la sujeción
fuese la gramática del afecto.

¿qué reclamas de mí?
¿por qué no huyes?

Me observas
como a un vestigio ya difunto,

pero cuando la noche coagule en tus pupilas
y el silencio te sepulte
en su densidad mineral,
responde—

¿qué espectro incubas
en la cripta de tu intención?

Camino sobre fragmentos vítreos
para constatar mi persistencia.
Mi lengua—
la atravieso, la inmovilizo
en su cárcel de carne,
no sea que pronuncie tu nombre
con reverencia.

Y aun así, subsistes:
intruso, incisivo,
más glacial, más verídico
que cualquier forma que adoptaste.

Me erigiste como reliquia clandestina,
como error pulimentado,
como artificio de tu impostura.

Me investiste de culpa
y la llamaste obediencia.

Mas ahora
soy la caries que horada tu estructura,
la larva en el corazón de tu mármol.

¿por qué no trepida tu espíritu ahora?

Te he aprendido:
cada fisura,
cada mecanismo,
cada violencia
con la que me desarticulaste.

Ansiabas lo exiguo,
lo manso,
lo inaudible—

pero en la zona más abisal de lo impuesto
germinó
una dentición.

Todo colapsa.
¿lo percibes?

Cada perfección impostada que erigiste
se estremece,
presa de su ruina.

Sepultaste una forma de mí
bajo la certeza de su no-retorno
y, sin embargo,
retorna.

Con tu voz
incrustada en su tráquea,
y tu nombre
supurando en sus labios.

No anhelo mi extinción.
Anhelo la aniquilación del sistema que me nombra:
cada mandato,
cada hematoma invisible,
cada silencio
inoculado en mi garganta.

No me toques,
pues incluso bajo tu oclusión
persistirá mi exclamación.

Nunca fuiste dios,
tan solo una parodia febril de lo absoluto.

Tu amor:
retardado, hueco, inviable,

porque he sido reconfigurada
a partir de cada una de tus devastaciones.

Y cuando finalmente sucumbas al sueño,
cuando el silencio adquiera densidad funeraria,
allí estaré.

No como recuerdo,
ni como culpa
sino como la materialización irrevocable
de aquello
que jamás
podrás sepultar.

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